La Casa de la Memoria, en la Ciudad de Guatemala, fue el escenario donde la historia y el presente se encontraron el miércoles 4 de marzo de 2026. Con la presencia de la Junta Directiva (JPCC) del Programa ACTuando Juntas Jotay, integrada por representantes de Noruega, Suecia, Alemania y Ginebra, y decenas de organizaciones de la sociedad civil guatemalteca, la Ayuda de la Iglesia Noruega (AIN) conmemoró cinco décadas de trabajo ininterrumpido en el país, en un conversatorio que rescató la memoria colectiva y renovó compromisos para el futuro.
El evento, titulado
«Presencia de Noruega en Guatemala: Cooperación que construye
futuro», fue moderado por Johanna van Strien, del Programa Jotay
Guatemala, y arrancó con las palabras de bienvenida de Florinda Yax Tiu,
directora del Programa. Durante hora y media, cuatro voces recorrieron los
hitos más significativos de una relación que comenzó en los peores momentos de
la historia reciente del país y que hoy sigue siendo un pilar para el
fortalecimiento de la sociedad civil.
Todo comenzó en los
días que siguieron al devastador terremoto del 4 de febrero de 1976, que cobró
más de 23,000 vidas y dejó alrededor de un millón de damnificados. Norwegian
Church Aid (NCA/AIN) envió de inmediato a su personal a Guatemala para contribuir
a las labores de socorro y, meses después, abrió una oficina permanente. El
primer campo de trabajo fue el municipio de Chimaltenango, especialmente San
Martín Jilotepeque y Patzún, y lo que empezó como ayuda de emergencia fue
gradualmente convirtiéndose en un proyecto de largo plazo. Hoy, AIN trabaja
directamente en 5 departamentos del país.
En sus inicios, AIN
implementó el trabajo de manera directa, junto con comités locales de
bienestar. Con el tiempo, ese modelo evolucionó hacia uno donde las propias
organizaciones locales son las protagonistas de la ejecución, un giro que
refleja la filosofía central que ha guiado a la organización durante cinco
décadas.
Yolanda Salazar, quien
trabajó durante 30 años con la AIN en Guatemala, fue la primera en tomar la
palabra en el conversatorio. Con la autoridad de quien vivió desde adentro
aquella respuesta humanitaria, Salazar describió la mística que distinguió el
trabajo noruego desde el principio.
«El trabajo de AIN
se basaba en tres principios fundamentales», explicó Salazar. El primero:
el respeto irrestricto a la dignidad, la cultura y las costumbres de las
personas. El segundo: tomar como base la comunidad organizada en comités, apostando
por la acción colectiva antes que por la individual. El tercero: priorizar y
valorar sobre todo el recurso local, en lugar de imponer soluciones externas.
«Era una mística de trabajo que nos diferenciaba», subrayó, en
referencia a lo que durante décadas constituyó la identidad de la cooperación
noruega en Guatemala.
Uno de los episodios
más notables de la historia compartida entre Noruega y Guatemala tiene un
origen poco conocido. En 1989, Gunnar Stålsett, entonces Secretario General de
la Federación Luterana Mundial (FLM), llegó al país encabezando una delegación.
Tras sostener conversaciones con representantes del ejército y la guerrilla,
logró que ambas partes expresaran su disposición a retomar el diálogo, iniciado
años antes en España y Costa Rica. Fue ese contacto el que abrió la puerta para
que el gobierno noruego y su Ministerio de Asuntos Exteriores se involucraran
formalmente en el proceso de paz guatemalteco.
El representante de AIN
en el país, Petter Skauen, quien había vivido y trabajado en Guatemala durante
muchos años, jugó también un papel clave gracias a sus amplios contactos con la
sociedad guatemalteca. Noruega pasó a integrarse al llamado «grupo de
países amigos», junto con Estados Unidos, España, México y Venezuela, y la
ONU se incorporó activamente al proceso desde 1994. El aprecio por la
participación noruega quedó sellado de manera simbólica en diciembre de 1996,
cuando las partes en conflicto acordaron que el acuerdo de alto el fuego se
firmara precisamente en Oslo.
Vale recordar también
que fue en 1993 cuando Noruega estableció formalmente su embajada en Guatemala,
lo que institucionalizó un vínculo que hasta entonces se había construido casi
exclusivamente a través de organizaciones de la sociedad civil como la propia
AIN.
A treinta años de la
firma de los Acuerdos de Paz, Carlos Sarti, director de la Fundación Propaz,
planteó una reflexión que interpeló a toda la sala: la paz en Guatemala no es
un capítulo cerrado. «Los Acuerdos siguen vigentes y tienen futuro, porque
representan una agenda completa de desarrollo», afirmó Sarti, y fue
enfático en señalar que el desafío de esta generación es resignificarlos,
darles nueva vida y dotarlos de una ruta concreta de implementación.
La propia presentación
de AIN reconoció con honestidad que «los acuerdos de paz no se han
cumplido en muchos aspectos», pero también que en estos 30 años se han
fortalecido los derechos de las mujeres y los pueblos indígenas, quienes han
aumentado su participación en la política guatemalteca. Para Sarti, ese legado
obliga a seguir apostando por los mecanismos de paz como herramientas reales de
transformación política y social.
Desde San Marcos, Udiel
Miranda, director de la Comisión Paz y Ecología (Copae), organización socia del
Programa Jotay, trajo la voz de las comunidades rurales e indígenas al
conversatorio. Miranda habló de luchas que no cesan: la formación y participación
política de los pueblos indígenas, la defensa del territorio frente a proyectos
extractivos impuestos desde afuera, y las propuestas de desarrollo alternativo
que nacen desde las propias comunidades, como las hidroeléctricas comunitarias.
Su intervención se
enmarca en una evolución clara del trabajo de AIN en Guatemala: durante los
últimos 20 años, la violencia de género, los derechos humanos, especialmente de
los pueblos indígenas, y los derechos climáticos y territoriales han pasado a
ser ejes centrales de la cooperación noruega en el país. «El apoyo de AIN
ha sido crucial en todos estos años para fortalecer estos temas tan
importantes», resaltó Miranda, al tiempo que invitó a comprender que el
desarrollo debe construirse desde la propia visión y los propios recursos de
los pueblos.
Johan Hindahl, asesor
de país para Guatemala y Haití de la AIN en Oslo, cerró el ciclo de
intervenciones con un mensaje que fue a la vez balance y promesa. Tras repasar
los cincuenta años de trabajo de su organización en el país y destacar el papel
crucial que AIN jugó como acompañante del proceso de Paz en los años ochenta y
noventa, Hindahl reconfirmó el compromiso de la organización con Guatemala.
Recordó además que AIN
es una organización formada por varias iglesias en Noruega, con el mandato de
promover la justicia, la participación y los derechos humanos, incluido el
derecho a la fe y la espiritualidad. Hoy ese compromiso se canaliza a través del
Programa ACTuando Juntas Jotay, alianza que AIN integra junto a Act Iglesia
Sueca, Pan para el Mundo y la Federación Luterana Mundial en Guatemala, programa
que la organización ayudó a conformar desde 2017. «Seguimos aquí y
seguiremos», fue la síntesis del mensaje que el representante noruego dejó
a las organizaciones guatemaltecas presentes.
El conversatorio
concluyó con palabras de cierre de Eva Ekelund, presidenta de la Junta
Directiva del Programa Jotay, seguidas de un brindis que festejó, en el fondo,
algo más que un aniversario: la vigencia de un modelo de cooperación basado en
la escucha, el respeto y la construcción colectiva.
Cincuenta años atrás,
AIN llegó a Guatemala para ayudar a reconstruir casas derrumbadas por un
terremoto, comenzando en Chimaltenango con una oficina modesta y comités
locales. Con el tiempo, aprendió, junto a las comunidades, que la
reconstrucción más importante es la que se hace desde adentro: la del tejido
social, la del diálogo político, la de la identidad y la autonomía de los
pueblos. Y cuando la historia exigió más, AIN también estuvo y fue un puente
hacia la paz en los años más difíciles del conflicto armado, aportando
contactos, confianza y voluntad en los momentos en que más se necesitaban.
El Programa ACTuando
Juntas Jotay es una apuesta por la unidad de fuerzas entre organizaciones
europeas y guatemaltecas para seguir acompañando los procesos de paz, justicia
y desarrollo que el país todavía necesita. Medio siglo después, AIN sigue
orgullosa de estar en Guatemala. Y Guatemala, agradecida de que siga.